La evitación y sus consecuencias emocionales

Vivimos tiempos en los que, socialmente hablando, el sufrimiento o los eventos negativos no están bien vistos. La dictadura de la felicidad nos hace prisioneros y prisioneras de unos likes que confirmen o verifiquen que somos felices y que mantienen un sistema cerebral (y emocional) de recompensa que nos convierte en dependientes de esa felicidad, nos hace competir con otros para demostrar y mostrar quién es el más feliz, pero que, inevitablemente y en paralelo, nos arrincona emocionalmente.

La sociedad nos exige ser felices, estar felices siempre. Cualquier malestar se evita o, si queremos llamarlo así, se tapa para no mostrar ni mostrarnos a nosotros mismos, la realidad de una situación negativa o sufrimiento que debamos afrontar.

Dejamos esos eventos negativos para nuestro ámbito más privado, a menudo ni siquiera los compartimos con nadie. Se trata de pensamientos, emociones incluso conductas que evitamos a toda costa. Desplegar toda esta estrategia de evitación, además del coste emocional y personal que tiene, nos hace alejarnos de nuestros valores, de aquello que realmente es importante para nosotros. En definitiva, caemos en la insatisfacción.

Cuando dejamos de recibir refuerzo positivo porque lo que hacemos no se
corresponde en realidad con lo que haríamos si estuviésemos enfocados hacia nuestros verdaderos valores y objetivos, nos invade un ánimo depresivo o ansioso que a pesar de todo en muchos casos mantenemos porque preferimos continuar evitando aquella situación de malestar o sufrimiento. Quizá estas estrategias que desplegamos para mitigar nuestro malestar supongan realmente una trampa que aumenta nuestro sufrimiento.

Veamos porqué, definiendo varios conceptos:

¿Qué es el sufrimiento humano?

El concepto de sufrimiento, que tiene un origen social y ha ido transformando su significado a lo largo de los siglos, se contrapone actualmente al concepto de bienestar. Ejemplos de ellos son las etiquetas valorativas que equiparan la felicidad con ausencia de sufrimiento, de problemas y de dolor (Dougher, 1994). El pensamiento de sufrimiento se relaciona socialmente con otros como impotencia, incapacidad y, en definitiva, fracaso. Con todo esto, podemos concluir que sentirse mal y creerse sano mentalmente así como sufrir y vivir la vida, no son conceptos que asociemos culturalmente hablando.

Exigirse a uno mismo no sufrir o tener que sentirse bien siempre para poder disfruta la vida, en definitiva apoyarnos en la evitación del sufrimiento para así vivir la vida puede resultar, paradójicamente, una estrategia destructiva.

¿Qué es la evitación?

Puede que te suenen expresiones como “necesito estar motivado para
hacerlo”, “tengo que tener garantizado el éxito en este asunto para continuar”, “si supiera que piensa bien de mí, me hubiera relacionado más con esa persona”, “no me cogerán para ese trabajo porque hay muchos mejores que yo”, “rompería con mi pareja si estuviera seguro de que voy a encontrar a una persona que realmente me quiera”, etc.

Como ves, atribuimos causas a nuestras actuaciones, justificamos esas
conductas que desplegamos para evitar el sufrimiento
(Wilson y Luciano, 2002). Es una muestra de cómo pretendemos controlar nuestro entorno. Pero esta evitación no nos está protegiendo del sufrimiento sino que, por el contrario, hace que tengamos una vida cada vez más restrictiva y esa generalización de la evitación a cada vez más situaciones y comportamientos de nuestra vida es el desencadenante de patologías psicológicas.

Y, por fin, la pregunta que os estaréis haciendo: ¿Cómo pasamos del sufrimiento constante y la evitación a vivir nuestra vida entendiendo el sufrimiento como parte de ésta?

Modificando el enfoque que le damos a nuestros problemas y orientando
nuestra vida hacia nuestros valores. Para ello es importante trabajar la
consciencia, la aceptación no como resignación sino como vivenciar el ahora para que el sufrimiento no nos arrincone o acapare toda nuestra vida y, finalmente, comprometernos con ella. Esto es, vivir de acuerdo a nuestros
valores centrándonos en aquello que queremos.

Así es cómo trabajamos en consulta, de la mano de nuestros clientes, en pasar de la evitación a desarrollar nuestra vida, mejorando así nuestra salud emocional. Y para eso nos apoyamos en las terapias de tercera generación que aportan evidencia empírica y en consulta de su efectividad en el abordaje de estos problemas.

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